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Quotes by Karen Delorbe

Karen Delorbe's insights on:

La soledad eterna es un castigo peor que la muerte.
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La soledad eterna es un castigo peor que la muerte.
Para atrapar a un asesino, tienes que aprender tres cosas: a pensar como uno, a sentir como uno, a ver el mundo a través de sus ojos.
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Para atrapar a un asesino, tienes que aprender tres cosas: a pensar como uno, a sentir como uno, a ver el mundo a través de sus ojos.
Todo en él incitaba al pecado: el tono grave de su voz, los hoyuelos de sus mejillas, su mirada profunda, esas perfectas manos que acariciaban su piel y no se detenían...
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Todo en él incitaba al pecado: el tono grave de su voz, los hoyuelos de sus mejillas, su mirada profunda, esas perfectas manos que acariciaban su piel y no se detenían...
Y entonces, la mariposa que temía quemarse viva vio cómo el fuego que tanto anhelaba se extinguía de pronto; y se quedó sola, batiendo sus alas en la vacuidad del invierno, tan helado como su propio corazón.
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Y entonces, la mariposa que temía quemarse viva vio cómo el fuego que tanto anhelaba se extinguía de pronto; y se quedó sola, batiendo sus alas en la vacuidad del invierno, tan helado como su propio corazón.
Dame una razón para dejar de amarte. Rómpeme el corazón para que pueda seguir mi camino porque sola no puedo. No puedo olvidarme de ti
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Dame una razón para dejar de amarte. Rómpeme el corazón para que pueda seguir mi camino porque sola no puedo. No puedo olvidarme de ti
El sabor metálico de su propia sangre le invadió la boca sin previo aviso. Sus colmillos habían crecido y le lastimaban el labio inferior. No sentía dolor, sino sed. Una sed que ella no comprendía, que no llegaría a entender nunca. Le quemaba la garganta. Le secaba la boca. A pesar de no ser un vampiro, Grimm tenía sed de ella desde que había probado su sangre. Unas gotas habían sido suficientes para condenarlo de por vida. Para atarlo a un deseo de exquisita y prohibida destrucción.
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El sabor metálico de su propia sangre le invadió la boca sin previo aviso. Sus colmillos habían crecido y le lastimaban el labio inferior. No sentía dolor, sino sed. Una sed que ella no comprendía, que no llegaría a entender nunca. Le quemaba la garganta. Le secaba la boca. A pesar de no ser un vampiro, Grimm tenía sed de ella desde que había probado su sangre. Unas gotas habían sido suficientes para condenarlo de por vida. Para atarlo a un deseo de exquisita y prohibida destrucción.